Aire acondicionado
CRÓNICA ABYECTA
Llegué resfriado de mi periplo por Santiago (a veces una lectura poética puede llegar a ser la prefiguración del desastre). Llegué, digo, cuando no llegué a ninguna parte. Volví, más bien. Volví con la inquietud de siempre: haciéndome preguntas que nadie puede contestarme. La gente vive haciendo balances y dietas que no sirven para nada. Uno mismo pertenece a este vals realizado en un viejo salón, oscuro y perfectamente remozado, donde los otros hacen piedra del murmullo y del rencor que te enternece.
Un censo de extractores es lo que anhelamos. Una tasación heroica del complejo de Edipo.
No necesitamos ser fundamentalistas del ecologismo para cagarnos sobre todo. Tenemos que abrir las bocas, ser rellenados. El sistema se lo pide al joven estudiante. Su jubilación es anticipo y la vacante del sensible que se apoya en el estado para ahorrarse algunos versos.
Permítanme esta digresión, es bueno vivir en zonas costeras. Algunos técnicos hoy les llaman zonas inundables. Allí en el metro de Santiago, al llegar a la estación San Pablo, una voz mimetizada con el chirriar de los eventos de la máquina obligó a los pasajeros a descender. Todos los pasajeros deben descender. Última estación y mal presagio. Nuestro castellano mestizo tiende a traicionarnos. Para descender hay que ataviarse con los lujos que proporcionan el exceso, las blasfemias y los arrebatos. No es cosa sencilla. No es dar un paso al costado, o hacia abajo: es una presión volumétrica a la que nos vemos empujados. Esa voz me decía, de algún modo (y a todos los usuarios), usted está a disposición de nosotros. Una voz que son varias como en un texto. Nunca única. Una voz, si se quiere, que arremete sin complejos a la hora de acabar con el periplo.
No es momento para andar agradeciéndole nada a nadie. No seamos pendejos. Existe una clara intromisión por parte de los técnicos en la manera de tratar con el lenguaje. Trata íntimamente ligada al miedo y la destrucción, estos funcionarios ejemplares buscan en la palabra una figura que justifique el temor que ellos mismos intentan inocularnos. Una paranoia a nivel global no detendría el proceder de estos burócratas del lenguaje. Inundable es parangón arquetípico de un descendimiento sustentable. Vivir en una zona costera es equivalente a descender en un supuesto que acarrea ciertos devaneos entre el empresario y la autoridad.
Construir es la misión. Y el lenguaje que utilizan los poderes se desdice de su linde atrincherado en los desastres naturales, económicos y personales. Se diría que la retórica de mercado tiende a sofocarnos y a minimizar la experiencia a través de una lapidación contradictoria. Toda señal, podríamos agregar, oculta su lado amable en función de un lenguaje que parece sacado de un manual de buenas costumbres donde subyace el temor de ser una persona común y corriente.
Texto y fotografías de Carlos Peirano
Febrero 8th, 2012 at 3:57 pm
Algo desciende?