Tres corridos y una coda ingrata

DIARIO DE MI VIDA

A mí me hubiese gustado relatar esto desde un burdel, pero no puedo, porque estoy atrapado en mi estudio. Los últimos ocho meses han sido verdaderamente desastrosos. Digo, en términos emocionales y afectivos. Todo comienza con la irrupción de una extranjera. Una mujer hermosa que, extrañamente, conoce los collages de Guy Debord. Puede parecer un dato menor, pero es fundamental a la hora de hacer ciertos balances. Mémoires, de 1957. Una obra parecida a la de un escapista, o a la de un prestidigitador. Una cárcel lejana como las que deben de haber en las llanuras. Un refugio vuelto página, una improvisación. Entonces ella me busca, no sé cómo, sabiéndolo perfectamente, y me encuentra (esto va a repetirse de manera vertiginosa con otras mujeres). Y me hago el lindo (raro en mí, que soy hombre de palabra). Y ella quema sus cartuchos sin pudor obsequiándome la posibilidad del simulacro. Yo accedo con desdén e ilusión: con desmedido entusiasmo. La litera es estrecha. Y mi mala cabeza termina por pasarnos la cuenta. Una sucesión de malos entendidos dilapidan las posibilidades de algo que nunca logra concretarse del todo. Así las cosas, y sin mediar provocaciones, aparece del pasado una figura femenina que es sinónimo de fertilidad. O que a mí me parece, en ese momento infausto, luego de la desilusión y el fracaso, sinónimo de fertilidad. Sucede, a diferencia de la muchacha extranjera, que aquí hay una historia de vida compartida a intervalos, un reconocimiento de ciertos códigos que el tiempo no ha conseguido borrar del todo y una tensión sexual evidente. No está demás decirlo, la concreción del acto, en este caso, queda en un plano nebuloso. Una cosa platónica, ambigua, que termina por cabrearme y hacerme abandonar el crucero del amor. Me fascina perder el tiempo, pero en otros menesteres. No sé, escribiendo esto, por ejemplo. O bebiendo. Ah!, ese es un punto que había olvidado por completo. La bebida tiene un rol protagónico en este balance tragicómico. Ninguna de las personas nombradas, incluidas aquellas a las que me voy a referir a continuación, dejaron pasar por alto este asunto que le compete exclusivamente al autor de esta crónica. Se lo enrostraron permanentemente. Algunas con más ímpetu que otras, otras con más recelo que convicción. La cosa es que un buen día, pasado los avatares de la mala recepción femenina, un grupo de poetas argentinos, todos jóvenes, y probablemente llenos de esperanza, me invitan a participar de una lectura junto a otros poetas menores de acá de Valparaíso. Todo transcurre, de manera apacible, en un boliche del barrio puerto a eso de las 23:00 hrs. Es verano y el clima es cálido. Yo bebo junto a algunas chicas y escucho no demasiado atentamente los versos que expulsa un amplificador que está mal conectado. Luego de la lectura me retiro junto a los modernos juglares a otro local, pero rápidamente les pierdo de vista. Me encuentro con unas muchachas que me saludan muy entusiasmadas y pronuncian mi nombre. Yo no tengo idea quienes son hasta que, entre risas y sonrisas, me dan una referencia ineluctable: el instituto de arte. Y ahí el diálogo fluye, pese a sus limitaciones, y las chicas me invitan a escuchar cumbia en vivo en un subterráneo del que poco recuerdo. Después, superadas las formalidades, me estoy besando con una de ellas. Y le corro mano con descaro, y gratitud, mientras bailamos y bebemos. Y los pocos asistentes al espectáculo hacen un poco lo mismo: se emborrachan con cerveza tibia y bailan con desánimo. Demás está decir que comienza a amanecer. Entonces nosotros nos retiramos. Y la chica con la que he tenido este inusual affaire se pierde en los recovecos de la ciudad o desaparece a secas en un campo de batalla. Yo me largo a mi casa. Pasan unas semanas y la amiga de mi amiga (que a esas alturas es un vago recuerdo) me envía un mensaje para que nos juntemos. ¿Qué es lo que ha de convocarnos?, una estadía en el muelle por un par de horas degustando plátanos, kiwis y peras. Y fumando marihuana. Y proyectándonos en la nada. ¡Qué maravillosa es la juventud! Todos esos eufemismos para declararse, todos los calambres que ciñen nuestras pérdidas. Pienso, en primera instancia, que me he encontrado con mi alma gemela. Un despropósito, por donde se le vea. Pero luego esta idea comienza a afianzarse en mi imaginario. Paso unos días agitados, presa de la fiebre y las alucinaciones. Volvemos a juntarnos, esta vez en mi casa, y sucede aquello que podríamos, de manera algo ingenua, denominar la prefiguración del desastre. Nos besamos borrachos y terminamos acostándonos como dos buenos amigos que no saben nada el uno del otro. Desnudos, abrazados como si los brazos fueran a desprendérsenos. Y esa es la última ocasión en que vuelvo a besarla: después de haber compartido un desayuno de frutas y un agua de hierbas. Me niego, como un pendejo, a aceptar la partida de la señorita en cuestión. Y deliro. Digo cosas horribles de todo y de todos, pero sobre todo de mí. Y ella no pierde el tiempo y me dice, muy suelta de cuerpo, pasado unos días, que yo soy un huevón violento, un pobre diablo sobrevalorado que se cree poeta, y no cualquier poeta, ella dice despectiva un poeta maldito. Y a mí me entra una risa incontrolable y la dejo discutiendo sola en medio de la calle. Y no vuelvo a verla, pero me encuentro con algunos de sus amigos y descargo mi ira con ellos. Patético. Es entonces cuando luego de la inauguración de la casa de una amiga me encuentro con un chico bien parecido que se insinúa abiertamente ante mí y yo me dejo seducir y termino bailando sin camisa ante el estupor de algunas señoras ligadas a la cultura, las letras y las artes de esta ciudad patrimonial venida a menos. La cosa queda ahí. Sin sobresaltos, sólo un simulacro más de entre tantos. Pasan algunas semanas y de paseo por la noche junto a mi amigo, y compañero de trabajo, nos encontramos con el muchacho de la inauguración. Nos invita a una fiesta y nosotros accedemos. Consumimos cocaína y alcohol y vemos un espectáculo de transformistas. Después nos perdemos, pero volvemos a encontrarnos. Terminamos en su casa. En la cama de su casa. En una habitación luminosa y amplia. Y mi amigo parece francamente incómodo, pero yo de eso no me doy cuenta. El chico está metiéndome mano descaradamente y yo le correspondo más bien en un plano textual. La cocaína nos tiene a todos alterados, con la libido arrebujándose bajo los pantalones y los calzoncillos. Entonces mi amigo huye y se lleva las llaves de mi casa y yo quedo a mis anchas sodomizando al muchacho, que a esas alturas parece poseído por una entidad etérea, durante casi todo lo que resta de noche. Al despertar le dejo ahí en su lecho y le observo con algo de asco. Me lavo la cara y veo su pequeña colección de obras de arte. Miro también algunos de sus libros, la mayoría de fotografía y diseño. No tiene libros de poesía en su biblioteca. O yo no los encuentro, pese a que no ando buscando nada. Y luego me marcho, un poco deprimido, examinando mi billetera y mis bolsillos para ver si me queda algo de plata.

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Texto y fotografía de Carlos Peirano

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