Quitapenas
SALA DE ESPERA
Son las tres de la tarde. Armando y su hija se encuentran en la esquina de Recoleta con Valdivieso. Entran al restaurant Quitapenas y reposadamente se sientan cerca de una ventana. Piden al mozo empanadas de queso con un vaso de jugo para Ester y otro de vino para su padre.
La niña, a pesar de su corta edad, comprende la difícil situación económica de su familia, por eso acompaña a su padre a su nuevo empleo. ¿Qué podría hacer una niña rodeada de tumbas frías y abandonadas? Seguro que una pequeña de rostro regordete no tendría nada que hacer en un cementerio, pero las circunstancias no dan tiempo para pensar que sería lo más acertado para Ester y sus hermanos.
Una hora más tarde ingresan al cementerio. Don Armando, ya familiarizado con el trabajo, feliz riega plantas, barre, sacude y, a cambio, recibe algunas monedas que los visitantes le dan al pasar por los patios. Está contento ahora puede cumplir con sus cinco hijos, llevarles pan, leche e incluso fruta para la colación del colegio.
Ester pasea sola por el cementerio, buscando con qué jugar. Sentada frente a la lápida del patio de Las Lilas, observa una fotografía en blanco y negro de una niña de unos cuatro años de edad. ¿Dónde estará ahora?, se pregunta Ester. ¿Podría venir a jugar conmigo? De pronto se da cuenta de que en la tumba de aquella niña hay juguetes. Abre la rejilla de recuerdos y saca un pequeño coche rosado que mece a una muñeca de trapo. Ester se dispone a jugar con sus nuevos objetos. Pasan las horas y la niña, entusiasmada, sigue jugando con la muñeca ajena.
La tarde se va asomando y a Ester se le comienzan a congelar las piernas. Se va a abrigar y en el camino siente que el viento le pega cada vez más fuerte en la cara. Ve cómo las hojas de otoño se posan en una tumba y luego en otra, unas abandonadas y otras con flores. El clima está extraño y Ester está asustada. Llega con prisa a la caseta de su padre en busca de un chaleco. Al dirigir su mirada hacia el cielo se da cuenta de que ya está oscureciendo.
Comienza a correr. La tierra también empieza a moverse. La niña, desesperada, mira hacia todas partes buscando ayuda. No ve a su padre, la tierra se mueve con más fuerza, ya salta sobre las tumbas. La niña cae al suelo de bruces y desde esa posición ve cómo las botellas con agua que Armando junta para regar las plantas, se vuelcan derramando agua sobre la tierra. El barro corre por las flores, algunas tumbas ya están trizadas. De pronto aparece un hombre y levanta solícitamente a la niña. La lleva hacia la entrada del panteón.
Cuando el sismo se detiene, la niña aún se encuentra con el mismo hombre que la rescató del suelo. Guardias y carabineros entran a verificar los daños y pérdidas que dejó el terremoto. Un guardia descubre un bulto debajo del mausoleo. Un hombre, con el afán de arrancar, corrió despavorido, sin percatarse que tras de él se derrumbaba una muralla enorme. Su cuerpo no resistió el peso de aquella construcción. Falleció al instante.
Son las tres de la tarde. El viejo Armando entra al cementerio con su abrigo negro y sus zapatos gastados. Viene rodeado de su familia, su esposa e hijos lloran. Ester encabeza la comitiva, en sus manos lleva la muñeca que encontró en el cementerio, mientras jugaba, mira la muñeca y le pregunta: – ¿A dónde va mi papá?
El viejo Armando no entra caminando, su cuerpo frío yace ahora dentro de un ataúd de roble, no espera flores, ni plantas, él espera ahora descansar.
Por Silvia Martínez
Dedicado a Jessica Iglesias Orellana.
Foto: Paulina Ortega
Enero 28th, 2017 at 10:32 pm
¡¡¡Felicitaciones hija querida!!!…
Enero 28th, 2017 at 10:46 pm
Me parece sublime…