Todos (no) somos misóginos
MAL HUMOR
Hablar de misoginia es hablar de odio. Es una intención permanente de maldad, una entrega absoluta al delirio del veneno que arde como aguardiente. Es el goce de la anulación del otro, el desparpajo de ese silencio obtenido a puño mental o carnal. Es fea la palabra y lo que significa, y apuntar con eso, así, como cierto músico nada misógino apuntó a otros músicos llamándolos misóginos, sólo por el nombre de su grupo, parece muy peligroso. Se trata de una interpretación demasiado subjetiva que se amplifica gracias a la lacónica etiqueta de referente de opinión de una de las partes -la acusadora-, con un tono de policía del pensamiento que resulta absolutamente fascista en términos de lenguaje.
Para llamar misógino a otro -a un colega- se requiere un nivel argumentativo un poco más profundo que la simple excusa del lenguaje. Un órgano sexual no es misógino por sí mismo. Depende de su contexto. Advierto por ende algo mañoso en el juicio, algo como proveniente de otro lado, no de la opinión contingente ni de la lección de género. De todos modos, no me sorprende esa liviandad en la utilización del término. De ahí esta descripción nada narrativa. Lo superfluo de la cultura actual parte por el lenguaje, y en el caso que comento, la posmodernidad juega una mala pasada con su individualismo crónico que aquí operó temerariamente en una escena musical pequeña, donde todos se conocen. Porque no es llegar y decir misógino, misógina, misoginia. Hay demasiada carga en juego, y a veces todo se resuelve de la peor manera. Como se dice por ahí, tarde o temprano, la vida cobra en carne las palabras proferidas.
Por Víbora Rex